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Monólogo acerca de una madre de ciento cincuenta hijos

La mujer de manos ajadas y surcos en la cara me recibe con un abrazo, como si ya me conociera de antes. Me invita a pasar a su modesta sala que se conforma por un sofá de varios puestos, al cual se le ve por todos lados lo que antes era su relleno. Cerca de éste hay un taburete de madera, con espaldar de cuero curtido ya sin pelo y una silla más moderna, de plástico color ocre, que se adivina era blanca y a la que le falta gran parte de uno de sus reposabrazos.

Vea, yo empecé en el oficio siendo muy niñita. Una tía mía, hermana de mi mamá, empezó a llevarme cuando iba a atender a alguien. Yo no entré a la pieza de la parturienta, pero sí le ayudaba a mi tía con lo de la limpieza, las sábanas, el agua y todo lo que se necesita para que pudiera hacer bien su trabajo. Lo mío era más de compañía, porque a veces le tocaba ir hasta muy lejos y yo era una buena sobrina, nos queríamos mucho.

La primera vez que lo vi fue en secreto. No recuerdo el nombre de la señora, pero sí el momento exacto en que me dio por mirar por una de las hendijas de la casa. Allá en Chocó muchas casas son de madera y tablas y pues mientras escuchaba a la señora pujar, me dio por asomarme y la vi. Me asusté mucho, porque vi mucha sangre. Mi tía estaba untada, el bebé también, las sábanas y todo eso.

Creí que había nacido muerto, porque uno siempre asocia la sangre con la muerte o con enfermedad. Ese día me pareció ver mucha y me dio angustia, me quería ir corriendo, esconderme en el monte y no salir más. Era como ver un asesinato y a mí la muerte nunca me gustó, por eso le aposté siempre a la vida.

Camino a la casa, mi tía me contó lo que había pasado. Me tranquilizó. Me habló de lo que sucede en un parto, de lo que pasa cuando un niño o una niña viene al mundo. Me lo contó con detalle y, aunque estaba curiosa, sentía miedo porque era la primera vez que me lo explicaban de esa manera.

Nunca dejé de acompañarla, no solo porque me gustaba lo que ella hacía, sino porque me sentía útil. Ya no me tenían que decir lo que debía hacer. Simplemente llegábamos y mientras mi tía se quedaba con la madre, yo iba por el agua, las toallas, sábanas y dejaba todo listo. Era una niña de unos diez años de edad, pero me lo tomaba en serio, como si ya entendiera todo lo que se debe saber de este oficio.

***

Entra un hombre de unos treinta años. Él saluda llamándola mamá y le pregunta si tiene café. Ella, pidiéndome permiso, se para hacia la cocina. En una taza sin oreja y despicada en uno de sus bordes pone varias cucharadas de café molido. Se alcanza a percibir el aroma amargo de éste. Luego de entregárselo se despide y ella le pide que salude a su mamá. —Es uno de mis niños, de los que ayudé a parir cuando me dedicaba al oficio. Me dice mamá, aunque él sabe que su mamá es su mamá, pero reconoce que está en este mundo porque yo ayudé en el proceso. Esas palabras y el trato que me da es como una forma de agradecer. No soy su madrina, solo ayudé en el proceso de alumbramiento, nada más. —Me ofrece una taza de café mientras toma nuevamente el asiento que ocupaba antes.

No hay una primera vez, porque uno se va preparando desde muy chica, como le acabo de contar. No es que una se acueste siendo lavandera y al otro día se levante siendo una partera. Es todo un proceso, como el que viven los ayudantes de construcción. Primero acompañas a la experta, le ayudas con los enceres, con la limpieza. Luego te dejan entrar y ver como es todo, como para irle quitando el miedo a lo que sucede en un parto y así, hasta que un día, sin que te des cuenta, una está haciendo más que la propia partera y ese momento es tu primera vez, aunque no te des cuenta de eso.

Yo acompañé a mi tía hasta que ella no pudo o no quiso asistir más alumbramientos. Cuando la buscaban ella iba conmigo y era quien me ayudaba, me asistía. Yo la había relevado en su oficio y no porque fuera mejor que ella, sino porque ella, quizá en lo más profundo, se dio cuenta que necesitaba un relevo y dejar su legado a alguien más, porque en cualquier momento, por enfermedad o muerte, ya no podría hacerlo y las dos sabemos la importancia de asistir un nacimiento.

A veces la llamaban y me recomendaba, decía que no podía ir por equis razón y entonces iba yo. Tenía que buscar una asistente para que me ayudara con el tema, alguna niña seria o una que de verdad quisiera ser partera. Una sabe quién, porque a veces son muy curiosas, le preguntan a uno como es que nacen los niños y toca contarles la verdad, sin nervios, para que ellas se hagan una idea de lo que es eso porque que hay sangre, sudor, líquidos, miedo. Entonces se va tanteando para saber a quién llevarse a que le ayude a uno.

Pero si tengo que definir mi primera vez, fue con una amiga. Ella me lo pidió desde que supo estaba en embarazo. Lógicamente la asistí, no solo porque es mi amiga, sino porque es mi deber, es el oficio que elegí para mi vida y para la vida de los demás. En el parto nos fue bien, aunque uno nunca deja de asustarse, porque se pueden complicar las cosas.

***

Se levanta apresurada. Una nueva cliente llega hasta su ventana y pide dos cigarrillos y una menta. Dominga se dedica a atender su pequeño negocio, que no es más que una vitrina metálica, la cual se puede adivinar que antes tenía vidrios en sus cuatro caras laterales, las que ahora cubre en su parte trasera con una raída tabla de triplex. Vive de la venta al menudeo y de la pequeña pensión que le da el gobierno. Sus dos hijas trabajan, una de ellas vendiendo comidas al rededor del estadio de la ciudad de Medellín, la otra como empleada doméstica. Ninguna de las dos se encuentra porque para ellas el domingo es el día en que más trabajo tienen. Me ofrece más café. Mientras toma asiento se organiza sus pequeñas trenzas que enredan su cabello cano. Sin que se lo pida retoma el hilo de la charla.

Lo que hago lo considero de gran importancia. ¿Usted sabe cómo son las condiciones en las que vivimos por allá? No solo hay pobreza, sino que cada municipio queda apartado el uno del otro, muchas veces dividido por ríos y grandes selvas, puro monte por esos lados. Ahora imagine cómo son las veredas o los corregimientos. Es más fácil que vaya una partera a la casa de la parturienta, que ella tome camino hacia la casa de uno o a un hospital, que tampoco es que haya muchos.

La salud es un negocio y uno como pobre no puede tener todas las condiciones hospitalarias, ni la asistencia adecuada y eso es duro ante una emergencia médica, como lo es un accidente o un parto. Y no es que piense que un parto es una enfermedad, pero si no se atiende a tiempo puede complicar la vida de la madre o del hijo, o de los dos al mismo tiempo.

Si una no está ahí, ¿qué hace una pobre muchacha que no puede ni caminar y no tiene el dinero suficiente para acudir a un hospital? Eso de programar partos es para la gente de la ciudad, de los que tienen plata, porque plata se necesita, al menos para un taxi y usted sabe que hay gente que no tiene ni para el día. Entonces ahí es donde viene mi trabajo y el de las demás parteras, porque nos desplazamos por grandes distancias, sacrificamos nuestro tiempo para que dos vidas puedan estar a salvo sin importar la condición económica de la madre porque yo, y las otras parteras que conozco, no cobramos por el trabajo que hacemos. A veces nos pagan con dinero, a veces con animales, con pescado, con verduras. A veces tienen tan poco que solo nos dan las gracias y en cualquier caso es suficiente para nosotras, porque es para lo que nacimos: para ayudar a nacer.

—Dominga, ¿sabía usted que la Organización Mundial de la Salud abala, respeta, promueve y les exige a los gobiernos de los países pobres que se invierta en la formación y promoción de parteras? —se adivina una cierta duda en su rostro. —¿Qué es eso de la Organización Mundial de la Salud? —pregunta sin titubear.

***

Sin que se lo pidiera, de un chifonier saca un álbum de fotografías. Cuando me las enseña se le puede ver el paso de los años, no solo a ella sino a las fotos: amarillas, con las puntas partidas, resquebrajadas. —Vea, estos son algunos de mis hijos. Ellos saben quién soy yo porque su mamá se los cuenta o porque se corre el rumor en el pueblo. Ellos me quieren y me agradecen. ¿A usted nunca le dio curiosidad por saber quién fue el médico y las enfermeras que lo recibieron? [tiene razón. Alguna vez, en momentos de no saber en que pensar, pensé en eso]. Pues ellos se emocionan al conocerme. A veces me preguntan cómo fue y yo les cuento —expresa, con una cierta emoción que se nota en la inflexión de su voz y en el brillo de su mirada.

Yo no pude encontrar a quien enseñarle. Muchas peladas de por ahí a veces me ayudaban o me acompañaban, pero su curiosidad no iba más allá de mirar cómo se hace y ya. A mí sí me hubiera gustado que alguien más joven aprendiera, que me sustituyera, que estuviera por allá en Chocó o en cualquier otra parte ayudando a alumbrar, pero no pude porque ni mis hijas quisieron y considero que esto es de vocación entonces nunca las obligué.

Ahora los jóvenes no les interesa sino la plata. A mí también, porque de algo hay que vivir, pero creo que lo que nos hace humanos es lo que hacemos sin esperar nada a cambio. Vea usted, supongo que no le están pagado por hacer esto, pero acá está igual de emocionado preguntando. Y lo que digo es verdad, porque muchas veces, cuando le decía a una pelada que consideraba tenía potencial para ser partera, lo primero que me preguntaba es cuanto se gana, que cuánto pagan. Muchos otros se están yendo a las grandes ciudades como ésta o se van para Quibdó, entonces son los más viejos los que se quedan en el campo y esos ya no paren más hijos.

En las ciudades o grandes municipios, mal que bien, tienen su hospital para que alumbren a su cría. Pero aunque eso sea así y las parturientas tengan mejores condiciones, me entristece que este oficio no se siga practicando, porque estoy segura que en cualquier parte de Colombia, o incluso en cualquier parte del Chocó, en estos momentos alguna mujer estará necesitando de nuestro saber y por no estar tan difundido le tocará ir como pueda a un hospital y eso casi siempre genera muchos gastos, porque se tiene que ir semanas antes del parto, para que no la vaya a agarrar en el camino, que a veces es muy largo.

Esto que le digo hace parte de nuestras tradiciones y de nuestras necesidades como pobres. Ahora todo son hospitales y aunque la medicina ha avanzado mucho, siempre es bueno nunca olvidar nuestros orígenes, nuestra cultura. Es algo que se enseña de madre a hija, a sobrina o a vecina, pero es algo nuestro, algo que llevamos haciendo desde milenios. Siento que todavía soy respetada, aunque hace muchos años que no asisto un parto. Y si bien el reconocimiento es bueno, me gustaría más que me hubieran reemplazado. Saber que alguien más en este momento está ayudando a alumbrar a una mujer me haría mucho más feliz que cualquier otra cosa.

Yo me quedo con el recuerdo y mis ciento cincuenta hijos, aunque si le digo la verdad yo siempre hablo de ciento cincuenta, porque se me pegó ese número, pero no sé cuántos partos asistí en mi vida, pero seguro que fueron más.

DOMINGA PALACIOS,
Partera

Comentarios

  • natalia restrepo maya
    17 junio, 2019

    Me imagino que hace parte de tu trabajo de grado, felicitaciones por recuperar los oficios que están en camino a la extinción.

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